Repunte del dióxido de carbono antes de la extinción


Si Zachos y sus colaboradores están en lo cierto, entonces hace 55 millones de años la Tierra pasó por una crisis muy similar a la que está sucediendo ahora: un súbito repunte del dióxido de carbono, seguido de una liberación descontrolada aún mayor de gases de efecto invernadero. Lo que pasó después puede que nos permita echar un vistazo a lo que se espera que ocurra si la presente crisis golpea con toda su fuerza.

Los geoquímicos saben desde hace mucho tiempo que cuando un pulso de dióxido de carbono entra en el aire, la mayor parte de él se disuelve en las capas superficiales de océano antes de que gradualmente se disperse a aguas más profundas. En unos pocos siglos se alcanza el equilibrio con alrededor del 85% de dióxido de carbono disuelto en los océanos y un 15% en la atmósfera. Este dióxido de carbono persiste decenas o centenares de miles de años (lo que Archer cree que será la “larga estela” del Antropoceno). Hasta tiempos recientes, sin embargo, los modelos climáticos eran un poco confusos sobre cómo sería esta estela.

Los biólogos dicen que puede que ya estemos al comienzo de un evento de extinción que potencialmente podría dar lugar a uno de los más grandes eventos de extinción masiva, uno que alteraría la trayectoria de la evolución.
“Hasta que no tuvimos estudios sobre el pasado había cierto grado de incertidumbre en los modelos”, dice Zachos. Sus estudios están empezando a aclarar estas dudas. Las rocas carbonatadas del lecho oceánico revelan que los océanos se hicieron muy ácidos durante el repunte de las emisiones (Science, vol 308, p 1611).

Pero esta extrema acidificación duró sólo entre 10.000 y 20.000 años, un pestañeo en el ojo del tiempo geológico estándar, y los océanos retornaron a condiciones casi normales después en los siguientes 150.000 años. Incluso el almacenamiento de turba e hidratos de metano pueden haberse regenerado en 2 millones de años, dice Zachos, porque en ese tiempo el planeta sufrió otra crisis de carbono, en la que que tuvieron que estar implicados la turba o los claratos. Esto sugiere que la larga estela del Antropoceno es improbable que dure más de 2 millones de años (todavía un periodo corto para los estándares geológicos).

Sin embargo, el repunte del carbono actual difiere del Paleoceno tardío en un importante factor: nuestro planeta está ahora más frío que en aquellos tiempos, así que el calentamiento tendrá efectos más profundos. Durante el Paleoceno tardío el mundo era cálido y libre de hielo. Ahora tenemos unos brillantes y blancos casquetes polares que reflejan la luz del Sol al espacio. La fusión de este hielo, dará lugar a regiones oscuras de rocas y tierra que absorberán energía solar. Y además su fusión elevará el nivel del mar, lo que hará que el permafrost se descongele más rápidamente, empujando el calentamiento todavía más allá.

Este golpe extra podría sacar a la Tierra fuera del presente ciclo de periodos glaciares e interglaciares y llevarla de nuevo a un estado antiguo más cálido. “La Tierra estuvo libre de hielos durante millones de años. Las actuales glaciaciones se han dado sólo durante los últimos 35 millones de años, así que nosotros podríamos sacarnos a nosotros mismos de ahí”, dice Pieter Tans, un científico de la atmósfera del NOAA en Boulder (Colorado). Incluso así el nuevo mundo libre de hielo retornaría a un estado vagamente familiar. En esta lectura de las pruebas, incluso la catástrofe climática más dramática tendría pocas posibilidades de empujar los límites físicos de la Tierra hacia un territorio desconocido.

No tan rápido, dice James Hansen, director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA. Él discute que los episodios del pasado sean una buena guía para saber qué es lo que pasará en un futuro por la simple razón de que el Sol es un poco más brillante ahora que entonces. Añádase esto a la mezcla de liberación metano y dióxido de carbono y podía darse lugar a un catastrófico e imparable calentamiento global denominado “síndrome de Venus” que provocaría la ebullición de los océanos y llevaría a la Tierra hacia un destino similar al de su tostado vecino.

¿Y qué pasaría con la vida en la Tierra? Si Hansen está en lo cierto, la Tierra se dirigiría hacia la esterilización. Pero si el escenario es más benigno sería una historia diferente.
Los biólogos dicen que puede que ya estemos al comienzo de un evento de extinción que potencialmente podría dar lugar a uno de los más grandes eventos de extinción masiva, uno que alteraría la trayectoria de la evolución.

Extrañamente, los cambios climáticos del Máximo Térmico no dieron lugar a una gran pérdida de la biodiversidad. “Nadie a señalado al borde Paleoceno-Eoceno como la frontera de una gran extinción animal. Ni siquiera de una menor”, dice Scott Wing, un paleobotánico del Smithsonian en Washington DC. En su lugar, el registro fósil muestra cómo las especies simplemente migraron, siguiendo su clima preferido a lo largo del globo.

Hoy en día, desde luego, eso ya no es posible debido a la presencia de carreteras, ciudades y campos de cultivo, que han fragmentado muchos habitats naturales. Las especies polares y alpinas se encontrarán que sus habitats se habrán desvanecido totalmente, y eso sin mencionar las otras maneras en las que la gente pone a las especies en peligro.

“Estamos en una ‘tormenta total’ en cuanto a la biodiversidad se refiere”, dice David Jablonski, un paleontólogo de la Universidad de Chicago. “No solamente estamos sobrepescando y sobrecazando. No sólo estamos cambiando la química de la atmósfera y acidificando los océanos. No solamente estamos eliminando los grandes animales. Estamos haciendo todo esto simultáneamente”. A pesar de eso, Jablonski cree que los humanos no somos capaces de causar una gran extinción comparable a la del Pérmico, hace 251 millones de años, cuando se estima que desapareció el 96% de las especies marinas y el 70% de las terrestres.

Si la extinción en masa del Antropoceno finalmente igualará en magnitud a la del Pérmico o será inferior es algo que todavía se baraja en la mesa evolutiva. Una vez más, el pasado nos da una idea de lo que podemos esperar.

El registro fósil nos dice que cada extinción funciona de manera diferente, porque cada una tiene sus causas únicas. Sin embargo, hay un factor en común: las especies en mayor peligro son aquellas con el intervalo geográfico más estrecho. Los estudios que Jablonski ha hecho de los caracoles marinos muestran que las especies con larvas planctónicas (que se dispersan ampliamente) resisten mejor que otras especies con una distribución mas restringida (Science, vol 279, p 1327).


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